Hemos saludado, amigo, el mar de madrugada.
Tú y yo, al trasluz, dentro de la oscuridad absoluta.
(Hasta la luna, se escondió, cediéndole el lugar a nuestros sueños.)
Las olas, lentamente, se desvanecían muy cerca, a nuestros pies,
en sensual transmutación de espuma blanca;
cantaban en la noche, cantaban para nosotros,
mientras tú y yo permanecíamos allá, quietos,
celebrando aquel instante de gozo de vivir.
El cielo entero era un manto de estrellas bellísimas,
clarísimo flojel de luz de los astros,
extendidos sobre nosotros, reflejándose en el agua,
lejanos y tan cercanos a un tiempo...
Tú los ibas señalando, diciéndome sus nombres:
“Aquí tenemos Orión, aquella puede ser Sirio,
Venus ya no se ve, mira las Pléyades…
Esta madrugada es nuestro, el mundo...”
No sentíamos el frío. La brisa acariciaba,
Y el mecer de las olas avivaba nuestros corazones...
Nos hemos abrazado muy tiernamente, sin mediar palabra,
así, sin pensar, con el impulso de tener que hacerlo;
el deseo, oscilante, cual péndulo,
entre la cordura de las personas con juicio
y la tierna osadía de los núbiles indefensos...
He reclinado la cabeza sobre tu hombro,
los rostros muy, muy cerca, meciéndose el cabello...
Podía pasar todo, no pasar nada,
saborear aquel instante sin palabras
o disfrutarlo con lenguajes más íntimos y secretos...
Y el mundo entero éramos tú y yo, y aquel cielo, y el mar y aquel silencio.
Oh noche, que nos arropas con espejismos de pasiones!
En ningún momento nuestros labios pronunciaron el amor,
pero allá, entre las estrellas, la que brillaba más que las demás,
nos regaló un poema donde se intuía el nombre.